Hay algunos días del año en los que te crees capaz de hacer lo imposible.
Tal vez uno de esos días es la cuna de mi error.
Volverán las oscuras golondrinas,
y podré escribir los versos más tristes esta noche,
como un desgarrador río de vidrio cae mordiendo,
mi dolor y mi consuelo que tu presencia llenaba.
La soledad, turbia compañera de paseos bajo el sol, como bien la precede en su nombre,
taña en su dañado rostro,
lámparas de cristal y espejos verdes.
Golpe a golpe, beso a beso,
¿Por qué es tan triste madrugar? La hora nos despoja de un don inconcebible,
que es soñarte, vida mía,
y mis sollozos de fe,
polvo serán, más polvo enamorado.
¿Qué es poesía? poesía eres tú,
y me quedo solo y desamparado en esta isla donde ni siquiera llegan tus cartas,
en mi gélido camino sin tu voz,
pero caminante, no hay camino, se hace camino al andar,
y me iré, y se llenará de limoneros mi rincón,
latirá pasivo ante la espera el corazón,
y me iré,
y se quedarán los pájaros cantando.
Todo lo que sale de su boca es poesía,
gracias: Neruda, Borges, Lorca, Rubén Darío, Martí, Bécquer, Machado, Quevedo, J.R Jiménez...
y quien los lee.
lunes, 21 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
Neun.
Pase lo que pase, no pasará.
Cueste lo que cueste, no costará.
Duela lo que duela, no dolerá.
Aunque me quede sin nada, me quedaré.
Aunque no quiera, te querré.
Porque cuando todo esto haya acabado, mis fuerzas se acabarán.
Nada más que decir que te he querido toda mi vida,
y que he hecho todo lo posible para que tú me quisieses a mi.
Y que por mucho que esperé, el tiempo no se gastó.
Por mucho que anduve, no avancé hasta encontrarte.
Porque mi camino son las huellas de tus pies.
martes, 18 de diciembre de 2012
Cuaderno de caza del Doctor Langueagitée.
Cuaderno de caza, día 30 de octubre de 2009.
Hoy me levanté con ganas de explorar y de investigar lugares donde nunca había estado (porque hoy en día a eso se le puede llamar explorar, ¿no?) y he encontrado multitud de plantas a las cuales me era imposible siquiera sospechar un nombre, además de múltiples insectos, roedores y algún que otro reptil que reptaba asustadizo entre las ramas secas que creaban el manto otoñal de este precioso "nuevo" paraje.
Paré a almorzar en un pequeño claro, de luz cobriza y agradable. El viento apenas soplaba y encontré una piedra extrañamente confortable allí, aunque supongo que después de 5 o 6 horas caminando sin descanso cualquier cosa lo es.
La cosa es que yo estaba allí francamente a gusto, hasta que escuché un extraño crujir de ramas, algo descompasado, lo que me dio a entender que no solo eran simples pasos de un solo individuo, sino que eran más de dos piernas las que caminaban.
En ese momento no me asusté mucho, pues podía ser cualquier gato o, en el peor de los casos, alguna jineta desorientada o, incluso, atraída por el sugerente olor de mi comida (pollo con setas hecho por mi mujer, una auténtica delicia)
Cuando realmente empecé a preocuparme fue cuando noté que al compás de los pasos iba un jadeo casi agónico: - Espero que no sean ellos- Pensé.
Y es que sí, la última vez que fui por aquella zona también me los encontré: Son unos bichejos horribles, no tengo ni idea de qué quieren de mi. Son unas criaturas realmente territoriales y, cuando te encuentran en lo que ellos consideraban su destino, son completamente impredecibles y es mejor salir huyendo (no sé lo que comen, pero algo me dice que pollo con setas no).
Decidí esconderme tras la corteza de corcho (alcornoque, 230cm) medio arrancada por la propia estación y, en lugar de aprovechar la tardanza de las criaturas, decidí esperar allí para poder almorzar en paz y, de camino, podría observarlos de cerca.
Me llevé allí alrededor de 3 o 4 horas, así que, como bien se podría suponer, terminé por almorzar sin moverme de mi escondite.
Aunque fueron intensas, en esas horas pude observarlos de cerca y apunté varias de sus características:
- 5 Individuos: 3 machos, 2 hembras.
- Comportamiento primitivo, escasa organización de convivencia, se entretienen, parecían hambrientos, pero ninguno consiguió comida. Cada cierto tiempo hay conflictos entre ellos.
Cada minuto que pasaba allí me asqueaba más. Eran completamente repulsivos, se peleaban entre ellos mismos continuamente, eran totalmente aculturales, nada pulcros ni organizados. Apestaban desde mi escondite, eran realmente desagradables.
Tras anotar un par de cosas y terminar mi pollo con setas, comencé a perder la paciencia y a encontrarme mal, pero no me arrepiento de haber comenzado este interesante estudio, además, tras colmar mi paciencia no tuve que esperar mucho más para poder irme, después de todo, solo les quedaba una botella de vodka y un par de porros.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Azazel.
- La lluvia no para, ¿Cómo no? ¡Aquí nunca deja de llover! qué asco.
Ella lo miró de reojo mientras recogía algo del suelo para tirarlo a la papelera: -Sabes que no me gusta que hables así. La lluvia es un regalo de Dios, deberías alegrarte de que llueva.
Él la miró rápidamente, puntuando el final de su ahogada contestación con un ceño fruncido escondido tras el pelirrojo flequillo que perfilaba sus pequeños ojos, como botones, inertes y oscuros, que transmitían el más pasivo de los odios.
Será lo que tu quieras, pero es un asco, igual que el colegio, igual que el pastel de carne, igual que la misa de los domingos e igual que todo. - Su madre, casi de un salto, fue hacia la esquina de la mesa donde él estaba y le propinó un azote con una calmada fuerza, pero seco como una nuez: Te he dicho que no me gusta que me hables así. Son todos regalos de Dios, tú eres también un regalo de Dios, y los regalos de Dios no desperdigan blasfemias ¡Será posible! Lo pequeña que tienes la boca y la cantidad de horrores que sueltas en los veinte minutos que tardas en tomar el desayuno.
Se fue correteando, con un paraguas y la cartera del colegio, maldiciendo y murmurando. Esquivaba las lineas que creaban las losas rectangulares con agilidad, a su vez, canturreaba una canción de la radio que su madre describía como ruidosa y molesta, pero que a él le parecía de una musicalidad pegadiza e incluso brillante.
Entró en clase, como siempre, tarde. Era un niño bastante despistado y le apasionaba la observación de ciertas cosas, por lo que, generalmente, era fácil distraerlo con cualquier cosa.
-¡Pero bueno, Pérez! ¿Otra vez tarde? Es increíble que jamás llegues a tiempo, venga, veinte azotes, para que no se te peguen las sábanas nunca más. El maestro propinó veinte azotes con la regla de vinilo, la que más dolía, al pobre chico, que intentaba no lloriquear, pero que, verdaderamente, estaba sufriendo.
Cuando el maestro terminó se apoyó en el hombro del pequeño y mirándole le dijo: -Y recuerda, hijo, son para que aprendas, Dios quiere que seas un buen muchacho y para ello debes aprender. Estos azotes son un regalo de Dios. El día de mañana se lo agradecerás.
Las horas pasaron lentas, y la misa aún más, aunque para el pequeño fue un análisis exhaustivo del Dios que tantos regalos desagradables le cedía. A la hora de la merienda, los chicos volvieron a casa correteando contentos. Pérez también volvió a casa, pero él iba engatusado, pensativo, sin esquivar siquiera las líneas de las losas rectangulares del suelo.
A mitad de camino, una vocecilla le llamó la atención desde la acera de la izquierda: - ¡Oye, tú! ¿Ya no te acuerdas de saludar a las viejas?
El chico se paró en seco y giró la cabeza bruscamente, encontrándose con la apacible apariencia de Mikaela; era una anciana de unos setenta años, con el cabello largo como la crin de un caballo salvaje, y blanco como el reflejo del agua. Desde que era un bebé, Mikaela le contaba historias de su tierra, un país al otro lado del charco llamado Perú, donde ella decía haber aprendido a hacer el chocolate que vendía en la pequeña tienda de piedra de la acera de la izquierda.
El pequeño corrió hacia los brazos de la anciana, que lo abrazó con una fuerza inusual para su edad: - ¡Pero qué mayor estás ya! ¿Qué tal te ha ido en la escuela? - El chico bajó la cabeza, apagando la sonrisa poco a poco: - No muy bien, Dios me ha regalado veinte azotes para que aprenda a no llegar tarde a clase. - La mujer permaneció en silencio, intentando camuflar su gesto de sorpresa tras la mano derecha: - Bueno... ¿Y tu madre? ¿Cómo está? - El chico la miró y sonrió levemente: - Como siempre. En casa, sirviendo a Dios y haciendo pastel de carne para cenar. - Mikaela le miró algo disgustada y tras una sonrisa de complicidad le regaló una gran onza de chocolate que el chico se metió ansioso en la boca: - Mika... ¿A ti Dios te hace regalos? - Preguntó el pequeño pelirrojo, masticando el chocolate con rapidez: - Bueno... La verdad es que no sé si Dios me regaló algo o no, pero sí te diré que todo lo que tengo lo he conseguido yo, y que de cada grano de café y cacao que siembro, soy yo quien suda el esfuerzo, y que cada centavo que gano me lo trabajo con mi espalda y mis manos...- La mirada del chico se iluminó. Se levantó de un salto desde el regazo de la vieja Mikaela, besándola en la mejilla y despidiéndose con la boca llena de chocolate.
El chico corrió a lo largo de la calle sin detenerse a esquivar las líneas de las losas de la calle.
- Pobre diablillo... - Susurró la vieja mientras seguía con la mirada los pasos descordinados del muchacho, que se alejaba como alma que lleva el demonio.
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