martes, 18 de diciembre de 2012

Cuaderno de caza del Doctor Langueagitée.

Cuaderno de caza, día 30 de octubre de 2009.
Hoy me levanté con ganas de explorar y de investigar lugares donde nunca había estado (porque hoy en día a eso se le puede llamar explorar, ¿no?) y he encontrado multitud de plantas a las cuales me era imposible siquiera sospechar un nombre, además de múltiples insectos, roedores y algún que otro reptil que reptaba asustadizo entre las ramas secas que creaban el manto otoñal de este precioso "nuevo" paraje.
Paré a almorzar en un pequeño claro, de luz cobriza y agradable. El viento apenas soplaba y encontré una piedra extrañamente confortable allí, aunque supongo que después de 5 o 6 horas caminando sin descanso cualquier cosa lo es.
La cosa es que yo estaba allí francamente a gusto, hasta que escuché un extraño crujir de ramas, algo descompasado, lo que me dio a entender que no solo eran simples pasos de un solo individuo, sino que eran más de dos piernas las que caminaban.
En ese momento no me asusté mucho, pues podía ser cualquier gato o, en el peor de los casos, alguna jineta desorientada o, incluso, atraída por el sugerente olor de mi comida (pollo con setas hecho por mi mujer, una auténtica delicia) 
Cuando realmente empecé a preocuparme fue cuando noté que al compás de los pasos iba un jadeo casi agónico: - Espero que no sean ellos- Pensé.
Y es que sí, la última vez que fui por aquella zona también me los encontré: Son unos bichejos horribles, no tengo ni idea de qué quieren de mi. Son unas criaturas realmente territoriales y, cuando te encuentran en lo que ellos consideraban su destino, son completamente impredecibles y es mejor salir huyendo (no sé lo que comen, pero algo me dice que pollo con setas no).
Decidí esconderme tras la corteza de corcho (alcornoque, 230cm) medio arrancada por la propia estación y, en lugar de aprovechar la tardanza de las criaturas, decidí esperar allí para poder almorzar en paz y, de camino, podría observarlos de cerca.
Me llevé allí alrededor de 3 o 4 horas, así que, como bien se podría suponer, terminé por almorzar sin moverme de mi escondite.
Aunque fueron intensas, en esas horas pude observarlos de cerca y apunté varias de sus características:
- 5 Individuos: 3 machos, 2 hembras.
- Comportamiento primitivo, escasa organización de convivencia, se entretienen, parecían hambrientos, pero ninguno consiguió comida. Cada cierto tiempo hay conflictos entre ellos.
Cada minuto que pasaba allí me asqueaba más. Eran completamente repulsivos, se peleaban entre ellos mismos continuamente, eran totalmente aculturales, nada pulcros ni organizados. Apestaban desde mi escondite, eran realmente desagradables.
Tras anotar un par de cosas y terminar mi pollo con setas, comencé a perder la paciencia y a encontrarme mal, pero no me arrepiento de haber comenzado este interesante estudio, además, tras colmar mi paciencia no tuve que esperar mucho más para poder irme, después de todo, solo les quedaba una botella de vodka y un par de porros.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Azazel.

- La lluvia no para, ¿Cómo no? ¡Aquí nunca deja de llover! qué asco.
Ella lo miró de reojo mientras recogía algo del suelo para tirarlo a la papelera: -Sabes que no me gusta que hables así. La lluvia es un regalo de Dios, deberías alegrarte de que llueva.
Él la miró rápidamente, puntuando el final de su ahogada contestación con un ceño fruncido escondido tras el pelirrojo flequillo que perfilaba sus pequeños ojos, como botones, inertes y oscuros, que transmitían el más pasivo de los odios.
Será lo que tu quieras, pero es un asco, igual que el colegio, igual que el pastel de carne, igual que la misa de los domingos e igual que todo. - Su madre, casi de un salto, fue hacia la esquina de la mesa donde él estaba y le propinó un azote con una calmada fuerza, pero seco como una nuez: Te he dicho que no me gusta que me hables así. Son todos regalos de Dios, tú eres también un regalo de Dios, y los regalos de Dios no desperdigan blasfemias ¡Será posible! Lo pequeña que tienes la boca y la cantidad de horrores que sueltas en los veinte minutos que tardas en tomar el desayuno.
Se fue correteando, con un paraguas y la cartera del colegio, maldiciendo y murmurando. Esquivaba las lineas que creaban las losas rectangulares con agilidad, a su vez, canturreaba una canción de la radio que su madre describía como ruidosa y molesta, pero que a él le parecía de una musicalidad pegadiza e incluso brillante.
Entró en clase, como siempre, tarde. Era un niño bastante despistado y le apasionaba la observación de ciertas cosas, por lo que, generalmente, era fácil distraerlo con cualquier cosa.
-¡Pero bueno, Pérez! ¿Otra vez tarde? Es increíble que jamás llegues a tiempo, venga, veinte azotes, para que no se te peguen las sábanas nunca más. El maestro propinó veinte azotes con la regla de vinilo, la que más dolía, al pobre chico, que intentaba no lloriquear, pero que, verdaderamente, estaba sufriendo.
Cuando el maestro terminó se apoyó en el hombro del pequeño y mirándole le dijo: -Y recuerda, hijo, son para que aprendas, Dios quiere que seas un buen muchacho y para ello debes aprender. Estos azotes son un regalo de Dios. El día de mañana se lo agradecerás.
Las horas pasaron lentas, y la misa aún más, aunque para el pequeño fue un análisis exhaustivo del Dios que tantos regalos desagradables le cedía. A la hora de la merienda, los chicos volvieron a casa correteando contentos. Pérez también volvió a casa, pero él iba engatusado, pensativo, sin esquivar siquiera las líneas de las losas rectangulares del suelo.
A mitad de camino, una vocecilla le llamó la atención desde la acera de la izquierda: - ¡Oye, tú! ¿Ya no te acuerdas de saludar a las viejas? 
El chico se paró en seco y giró la cabeza bruscamente, encontrándose con la apacible apariencia de Mikaela; era una anciana de unos setenta años, con el cabello largo como la crin de un caballo salvaje, y blanco como el reflejo del agua. Desde que era un bebé, Mikaela le contaba historias de su tierra, un país al otro lado del charco llamado Perú, donde ella decía haber aprendido a hacer el chocolate que vendía en la pequeña tienda de piedra de la acera de la izquierda.
El pequeño corrió hacia los brazos de la anciana, que lo abrazó con una fuerza inusual para su edad: - ¡Pero qué mayor estás ya! ¿Qué tal te ha ido en la escuela? - El chico bajó la cabeza, apagando la sonrisa poco a poco: - No muy bien, Dios me ha regalado veinte azotes para que aprenda a no llegar tarde a clase. - La mujer permaneció en silencio, intentando camuflar su gesto de sorpresa tras la mano derecha: - Bueno... ¿Y tu madre? ¿Cómo está? - El chico la miró y sonrió levemente: - Como siempre. En casa, sirviendo a Dios y haciendo pastel de carne para cenar. - Mikaela le miró algo disgustada y tras una sonrisa de complicidad le regaló una gran onza de chocolate que el chico se metió ansioso en la boca: - Mika... ¿A ti Dios te hace regalos? - Preguntó el pequeño pelirrojo, masticando el chocolate con rapidez: - Bueno... La verdad es que no sé si Dios me regaló algo o no, pero sí te diré que todo lo que tengo lo he conseguido yo, y que de cada grano de café y cacao que siembro, soy yo quien suda el esfuerzo, y que cada centavo que gano me lo trabajo con mi espalda y mis manos...- La mirada del chico se iluminó. Se levantó de un salto desde el regazo de la vieja Mikaela, besándola en la mejilla y despidiéndose con la boca llena de chocolate.
El chico corrió a lo largo de la calle sin detenerse a esquivar las líneas de las losas de la calle.
 - Pobre diablillo... - Susurró la vieja mientras seguía con la mirada los pasos descordinados del muchacho, que se alejaba como alma que lleva el demonio.

lunes, 5 de noviembre de 2012

I don't wanna stay at all.

El morro del coche va devorando las líneas de la carretera a 120km/h. Por mi ventanilla no veo más que inmensidad y desierto pero, aún así, la velocidad refresca la aridez que me rodea, que te rodea a mi lado.
Suena Yellow Ledbetter, como siempre que vamos por la autopista juntos, sé que no te gusta que te mire mientras cantas en silencio, mojándote los labios en cada respiro de la guitarra, pero también sé que detestas que fume en tu coche y aún así, me miras cuando me enciendo un cigarro y sonríes al girar la cara hacia la carretera. "Seguro que la ruta 68 de Arizona está escrita por Eddie Vedder" me dices siempre que vamos por ella, sonrío y te beso, como siempre, porque siempre tienes razón.
El sol ya empieza a asomar por el engañoso fin de la carretera, me gusta cuando aceleras al darte cuenta, como si intentases alcanzarlo. Estoy segura de que ya lo has conseguido.
Hoy, es 13 de mayo del 98, y parece que aún seguimos en la carretera, juntos, intentando alcanzar el sol, escuchando Yellow Ledbetter, y parece que me recuerdas el supuesto autor de la ruta 68 de Arizona, parece que aún te puedo besar y distraerte sin miedo, pues la carretera sigue siendo nuestra, más tuya que mía, pues tú ya no puedes regresar de ella.
Hoy conduzco sola, suena Pearl Jam, voy a 120km/h y estoy segura de que hoy alcanzaré al sol antes de que se escape hacia su posición matutina, aumento a 150km/h, sé cuánto te habría gustado correr a esa velocidad por la ruta 68, por eso dejé que cogieras tú el volante, a 200km/h, mientras, yo canté en silencio el estribillo de Yellow Ledbetter y cerré los ojos. Podía notar que el sol cada vez estaba más cerca.
Para la gente de nuestro alrededor puede que seamos dos muertos en medio de la carretera, pero tú y yo sabemos lo que de verdad somos y no nos importa que nos retiren del coche antes de que acabe nuestra canción, pues nosotros seguimos en la carretera, con Yellow Ledbetter de fondo, a punto de alcanzar el sol.

"Ah yeah, can you see them out on the porch? Yeah, but they don't wave. 
But I see them round the front way. Yeah. 
And I know, and I know. I don't wanna stay at all."

lunes, 15 de octubre de 2012

Tiritas.

Son las dos y media ya, sólo queda un cuarto de hora para que termine esta tortuosa clase. Todo apesta a sudor, casi ya nadie escucha al profesor y el concierto de bostezos va en crescendo.
El profesor habla, habla, habla, habla, habla y sigue hablando, ajeno (no sé si queriendo o por auténtica ingenuidad) al ambiente de apatía y pasividad suicida de sus pupilos.
Yo sólo podía mirar al reloj con los ojos inyectados en desesperación, pero parecía que cada vez que el profesor decía una palabra los segundos se multiplicaban, impidiendo al tiempo avanzar.
-¡Que se calle ya!- Suplicaba una masa silenciosa, que camuflaba el aburrimiento y las ganas en garabatos azules en el cuaderno.
No podía aguantar un cuarto de hora con ese monólogo de acero, así que decidí hacer una pregunta para hacer el cuarto de hora más ameno, después de todo, es Filosofía, preguntar está bien, ¿No?
Una manita se levanto tímida entre las cabezas hundidas entre apuntes.
- Entonces... ¿Las personas son eternas? Es decir... Aunque mueran, ¿Persisten?
El profesor clavó los ojos en la masa olorosa y aburrida, buscando al curioso, hasta que se chocó con mis ojos, pseudocerrados y mi ceño fruncido.
- Es una buena pregunta. Pero la respuesta es bastante obvia, ¿No le parece?
- A mi no me lo parece, sino no tendría sentido preguntarlo.
La clase entró en ebullición y, entre el barullo, se podían distinguir risas y comentarios burlescos, pero no me importó, y creo que al profesor tampoco.
- Pues bien... Dicho así, creo que debo responderte.
En ese momento todo tomó un insospechado interés por parte de la mayoría de la gente.
   Bueno... Yo pienso que no lo son, ¿Cómo van a serlo? Lo que propiamente permanece en la vida terrenal son sus actos. Sus actos y sus restos. Su memoria permanecerá en los que le apreciaban y los que le odiaban, en los que le admiraban y en los que le detestaban, en los que estuvieron a su lado.
Pero... Cuando éstos mueran el recuerdo se difuminará, y sólo quedarán fotografías y anécdotas que pasean por casualidad en las comidas familiares, pero es más que obvio que con el paso de las generaciones, van desapareciendo. En parte me parece consolador, pues desaparecer nos concede el beneficio del perdón real, cuando no queda nadie que recuerde tus errores, cuando ya no hay ninguna herida que no haya sido carcomida por los gusanos del tiempo, pero por otra parte nadie recordará tu esfuerzo y tus inversiones, el daño que te han hecho ni los sacrificios que has afrontado, pero sin duda, no creo que nada compense enteramente el peso de la eternidad sobre la propia tumba, nada compensa por completo que tu vida sirva de ejemplo para el resto de generaciones, no creo que compense morir terrenalmente y, sin embargo que la gente lleve tus errores y tus logros latentes, es un ancla que te ata a una inmortalidad inerte que, como digo, no compensa para nada la fama. Así que, considero que algunos pueden permanecen y otros no son eternos, y dichosos aquellos que no lo son, desde luego, porque serán los que podrán descansar.
     Sonó el timbre, enmudeciendo las últimas palabras del profesor, pero había escuchado suficiente para comprender más de lo que habría imaginado.
Mientras volvía a casa sus palabras me retumbaban en la cabeza, y cada vez ese eco tenía más razón, yo no quería ser inmortal de esa manera, no quería, quería morir para la gente cuando muriese mi cuerpo, e, incluso, quería morir en ese instante para algunas de las personas de mi alrededor. 
Y es cierto, no quiero ser inmortal, y menos para ti.
Y si te hice daño, recuerda que, alguna vez, tú también me lo hiciste a mi.
Pero tú para mi, créeme, que no serás inmortal, jamás.
Se abre la herida, se cura, tirita.
Se cierra la herida, tirita fuera, y a la basura.